
No caminan, no escuchan, no sienten, no tienen afán, al contrario su vida es esperar, esperar a que alguien llegue, quiera atar sus zapatos y así acariciarlos con la suela o tan siquiera que un transeúnte se tropiece con ellos para poder tener algún tipo de contacto o cariño.
Los bolardos son seres que no tienen ser ni alma, ni siquiera piensan, su función: soportar cadenas que demarcan linderos entre la cera y los almacenes, van mostrando el camino a seguir, pero los de Carabobo ni su función cumplen, no hay cadenas que carguen ni hay camino fijo a seguir, ellos están ahí como un adorno que hace parte de nuestra naturaleza, esa que dejó de ser montañas y pastos por convertirse en almacenes de ropa o electrodomésticos.
Ellos son nuestros soldados occidentales, parecen rusos, así de quietos y serios, no saludan, no le dicen piropos a cualquier mujer que anda por ahí como acostumbran hacer nuestros celadores y soldados, muchas veces ni los percibimos, son de tamaño pequeño, pero su historia parece ser grande. Sus arrugas y falta de maquillaje en algunas partes de su cuerpo muestran que más de uno ha descargado su rabia con ellos y sus partes oxidadas representan la carga de estar durante años bajo sol y agua.
Su belleza geométrica, parecidos a huevos alargados verde militar hace parte de la modernización de Medellín, una generación hermana de las famosas pirámides de la Avenida Oriental. Ahora todo es de metal o cemento, hemos dejado atrás nuestro paisaje verdadero, los árboles y las plantas ya no tienen la libertad de crecer y crecer, ya no interactúan entre ellos mismos, siempre están cercados o delimitados por algún material extraño a ellos, impropio.
Las canecas y las casetas metálicas vienen de la misma familia, la material, fueron puestas para que la Ciudad se viera más ordenada, más limpia, pero hasta los grillos están confundidos, ¿Será que ellos creen al igual que nosotros, que eso es naturaleza, que es más bonito?, ni idea. Pero el grillo parado en la caneca parecía confundido tal vez no entendía porque la textura de donde se encontraba era diferente al del pasto, no entendía porque el reflejo del sol alumbraba tanto, no entendía porque sus patas comenzaban a quemarse. Las cosas han cambiado.
La cotidianidad de Medellín es cada vez más gris y no sólo por los fuertes aguaceros de los últimos meses ni por las nubes amenazantes de todos los días, tampoco por la contaminación que ya comienza a notarse, nuestra ciudad está gris de tanto “modernismo”, de esos que creen que la belleza está en la sobriedad, de esos que han olvidado que somos un país colorido, lleno de aves y contrates. El país de la papaya y la granadilla, de las frutas más exóticas y de los pocos que todavía tienen selvas. Medellín es una ciudad que quiere ser verde.
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